“La caída de los gigantes” de Ken Follet


Estupendo libro. Tengo que empezar diciendo esto; como todo lo que hace –en el mundo literario- el auto británico, célebre por ser el escritor de “Los pilares de la tierra” y de “Un mundo sin fin”, obras que ya reseñé en este blog.

La caída de los gigantes” se ubica en las tres primeras décadas del siglo XX, en lugares tan disímiles como Gran Bretaña (Gales), Francia, Alemania, Estados Unidos y Rusia. A través de la vida –ficticia- de familias como la Fitzherbert, la Williams, la Von Ulrich, la Peshkov, la Dewar, entre otras; Ken Follet nos describe las causas, el desarrollo y las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la primera de las grandes guerras europeas y globales del anterior siglo.

Follet es un extraordinario escritor, ya me había deleitado con “Los pilares de la tierra” y con “Un mundo sin fin”, y creo que aquí ratifica el porqué de su enorme popularidad a nivel internacional. Y es que Follet ya es un autor que ha superado la cifra de los cien millones de libros vendidos en todo el globo terráqueo, y creo que seguirá batiendo records de ventas porque sus libros son “adictivos”.

Efectivamente, a través de la descripción de la vida de varias familias europeas y norteamericanas, Follet nos da su visión sobre lo que causó la Primera Guerra Mundial, sobre cómo se desarrolló esta confrontación bélica y sobre el germen que produjo: el inicio de la Segunda Guerra.

La bestialidad de la monarquía rusa, la incompetencia de las casas reales europeas (haciendo excepción de la británica, lógicamente), el anacronismo del sistema político europeo que imperó hasta principios del siglo XX, las ambiciones expansionistas, y la caducidad de un modelo económico medio feudal y medio capitalista de explotación, fueron algunas de las razones por las cuales estalló esa absurda guerra que durante muchos años se denominó como “La Gran Guerra”, hasta que llegó Hitler y su combo y mató a seis millones de judíos y a más de sesenta millones de personas en la segunda gran guerra. La posterior pelea hizo palidecer a la primera por su crueldad y por su estupidez.

Todas las guerras son estúpidas, no hay guerra justa, no hay guerra inteligente, no hay guerra humanitaria. Follet habla de sus ideas a través de sus personajes, a través de las vidas ficticias de nobles, mineros, mujeres activistas por los derechos humanos, trabajadores rusos, bolcheviques y hasta mafiosos y políticos norteamericanos.

Un libro de más de mil páginas que se lee de corrido, no hay lugar para el bostezo ni para la pereza, Follet es un genio de las letras, y con esta primera entrega de su trilogía “The Century” creo que pone un punto muy alto para el género de la novela histórica. Los otros dos libros de esta trilogía, y que no he leído, son “El invierno del mundo” y “El umbral de la eternidad”, el primero sobre la Segunda Guerra y el tercero sobre la Guerra fría.

Follet mezcla realidad y ficción, incluso coloca a personajes ficticios a hablar con personajes reales como Winston Churchill, Lenin, el rey Jorge V, Lloyd George, Woodrow Wilson, entre otros. Los personajes ficticios, según afirma el mismo Follet, son colocados con cuidado en situaciones que probablemente sí ocurrieron o que por lo menos hubieran ocurrido de esa forma, de tal forma que la historia no se disloca o se corrompe.

La novela es ficción histórica, obviamente, Follet es muy cuidadoso al describir qué personajes hacen parte de la fantasía y cuáles vivieron en la realidad. De tal forma que quien lee el libro puede tener una idea clara del contexto histórico de esa época sin llevarse una imagen distorsionada sobre lo que ocurrió en Europa y en Estados Unidos en esas tres primeras décadas del siglo XX.

La Primera Guerra Mundial derrumbó a la mayoría de las casas reales de Europa, generó un nuevo movimiento económico y político a través de la modernización y actualización de la democracia occidental que estaba a punto de colapsar por culpa de un sistema de explotación injusto y por culpa de la discriminación contra las mujeres. La democracia europea tuvo que avanzar hacia darle el voto a las mujeres, hacia la consagración de los denominados derechos de segunda generación o derechos económicos y sociales, en los que ya que no solo hay democracia donde la gente pueda decidir entre un candidato X y uno Y, sino que también hay democracia cuando hay empleo, cuando hay salud, cuando hay educación, cuando hay vivienda, cuando hay cultura y recreación.

La caída de los gigantes” es un libro contra la guerra, contra la antidemocracia, contra el modelo de dominación, contra la avaricia, contra el anti-humanitarismo, contra todo lo que causa dolor y sufrimiento al ser humano. Un siglo después de la Primera Guerra, el mundo sigue debatiéndose entre la democracia y el fascismo, entre proteger los derechos de las minorías o no, entre modernizar el sistema político y económico o no, entre implantar un nuevo modelo de convivencia humano o no. Este libro, de Follet, entonces, nos sirve y nos invita a reflexionar sobre nuestra realidad, sobre lo que hay para hacer, y sobre el porvenir.     

“La melancolía de los feos” de Mario Mendoza



El escritor colombiano nos vuelve a sorprender y a maravillar con esta hermosa historia sobre la belleza y la fealdad, la juventud y la madurez, el dolor y el placer, la locura y la lucidez.

En esta novela de doscientas cuarenta y un páginas Mendoza nos transporta a un relato que sucede en Bogotá, en el cual un niño deforme, jorobado y monstruoso se hace amigo de un joven adoptado que no conoce a sus padres biológicos. La amistad entre los dos niños trasciende el tiempo hasta sus años de hombres adultos.

El sistema que escoge el escritor para narrar la historia es el epistolar, a través de sucesivas cartas que recibe el niño adoptado –León Soler- en sus épocas de médico psiquiatra de hospital público, por parte de su antiguo compañero de infancia.

Una reflexión sobre los destinos de los seres humanos, sobre la desgracia, sobre el viaje interior –simbolizado por la travesía oceánica-, sobre el éxito y la derrota, y sobre todo: sobre el amor que debe invadir nuestras vidas para hacerlas excitantes y satisfactorias.

Mendoza es uno de los escritores colombianos que más libros vende hoy por hoy, solo superado por el fallecido premio Nobel Gabriel García Márquez. Es por esto que muchos ya han empezado a atribuirle el moquete de autor de marketing y de entretenimiento, lo cual es totalmente injusto e irreal. Mendoza escribe para el público común y corriente, es cierto, cualquier persona que sepa leer y escribir lo puede entender, y ese es el gran acierto de este artista. Obviamente, que si solo vendiera uno o dos libros ya no le dirían escritor de marketing sino “autor de culto”, el problema para sus críticos es que venda libros, ¡increíble!

Las novelas de Mendoza son urbanas, son universales, son sentimentales y sobre todo, están escritas con pasión, con sentimiento, con emocionalidad, eso se nota. Mendoza casi que utiliza las historias ficticias para desarrollar varios monólogos, para hacer reflexiones personales utilizando como excusa la historia que se está desarrollando, porque él es todos sus personajes, todos ellos hablan por Mendoza, o el escritor se comunica a través de ellos en un desdoblamiento de la personalidad que le permite zambullirse en el alma de un desconocido, pero que es él mismo; el mismo escritor con diferentes rostros. Muy egocéntrico por cierto.

El virtuosismo de Mendoza está dado por su tendencia a hablar de frente, sin ambages, sin eufemismos, sin falsas diplomacias. Habla sin tapujos porque para el escritor “escribir es resistir”, es una forma de protestar, de sacar la cabeza por entre la multitud y decir: ¡No estoy de acuerdo!

Para Mendoza el arte no solo es entretenimiento sino también es ideología, es acción, es vida, es compromiso. Elogiado y amado por la juventud, Mendoza se ha ubicado en los últimos años como el escritor de referencia para identificar a la nueva generación de escritores colombianos tan notables como él, y entre los que se destacan Ricardo Silva Romero, Antonio García, Enrique Serrano, Juan Esteban Constaín, Carolina Andújar, Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Piedad Bonnet, Santiago Gamboa, Efraím Medina, Tomás González, Antonio Ungar, Pablo Montoya, Carolina Sanín, entre muchos otros autores de la nueva generación post- boom latinoamericano.

La melancolía de los feos” es, igualmente, una reflexión sobre la belleza y la fealdad, pero no desde el punto de vista estético sino desde la perspectiva del destino, del papel del hombre dentro de esta obra de teatro denominada vida. ¿Le toca más fácil a los bellos que a los feos? Probablemente sí, pero a los feos, por su misma falta de belleza les toca avisparse para afrontar los retos de la existencia; esa exigencia los hace parecer más alerta, más conscientes, más inteligentes, más perspicaces, más fuertes. La debilidad no está en la fuerza física sino en la mental, y la vida le ofrece esa posibilidad a los feos de volverse más fuertes en los terrenos de la conciencia, de la mente, del espíritu. Ser tan feo no es tan malo después de todo, concluiría Mendoza.

Una novela muy recomendada, se lee con pasión, con entusiasmo, es una magnífica oportunidad para dialogar con este pensador, con este ser humano tan carismático, y tan magnífico como lo es Mario Mendoza. Una reflexión sobre el viaje interior de cada uno, sobre el “golpe de Estado” a nuestro propio statu quo interno. Gracias Mario por este libro tan bello.

Intimidad


Contarle a la gente nuestras alegrías y nuestras tristezas, hacerlas públicas; describir nuestra infelicidad causada por algún evento que mi mamá llamaba “malos momentos”. Hay gente que hace eso, que les revela a los demás sus nostalgias, sus debilidades, su precariedad emocional, como si esto fuera una catarsis, como un diario, ¿y por qué no lo dejan para ellos mismos en vez de estarlo divulgando a los cuatro vientos? No lo sé.

Como escritor –aunque la etiqueta me quede grande- utilizo, a veces, esos hechos dolorosos para trasladarlos al papel, ya sea para producir textos de ficción o no. Como el método de Stanislavski que utilizan los actores para producir escenas tristes, dolorosas o risueñas: acuden mentalmente a momentos de su propia vida para establecer conexiones emocionales que les permiten llorar, o reír, o sentirse devastados o simplemente risueños. Eso mismo pasa con los escritores, acuden muchas veces a eventos de su propia vida para escribir sobre acontecimientos reales o ficticios y así obtener textos cargados de sentimientos.

En lo personal nunca lo he hecho salvo algunas contadas excepciones. Sin embargo, sí es cierto que he escrito embargado de ira, o de rabia, o de emoción, o de nostalgia o de felicidad, y eso me ha llevado a producir un texto. Pero, todo tiene una frontera, una línea roja: hablar de hechos íntimos.

No está prohibido hacerlo, por lo menos legalmente, escribir o narrar hechos personales que exhiben acontecimientos que solo le conciernen a quien los está contando. Sin embargo, “como el morbo vende” muchos escritores -y no escritores- deciden confesar acontecimientos que podrían provocar vergüenza en labios de un individuo normal.  

Respeto a esos escritores o no escritores –profesionales o no-, aunque yo he decidido no hacerlo para no aumentar el dolor, la congoja, la desdicha que el hecho en sí mismo ya me está produciendo en el cuerpo o en el alma. Nunca he escrito públicamente sobre mis problemas y desgracias más dramáticas. Muchos de esos acontecimientos solo quedarán grabados y engavetados en mi memoria. ¿Para qué recordar ese dolor por la pérdida de ese ser querido? ¿Para qué recordar esa traición? ¿Para qué recordar esa derrota? No, prefiero pasar la página y continuar. Aunque no voy a negar que esos hechos o eventos trágicos –o de pronto felices- han sido el combustible de buena parte de mis textos, de mis ensayos, de mis artículos, de mis cuentos, de mis novelas.

La tentación del escritor es esa, o más bien esa es una de las muchas tentaciones que tienen los escritores: contar sus intimidades. Para los que aman la escritura, la narración de hechos personales es una delicia porque las palabras fluyen desde el interior del alma; el escritor se deja llevar por su estado de ánimo y empieza a producir un texto cargado del espíritu que posee al narrador en ese momento, en el de la creación.

Pero no; yo no he sucumbido a ese vicio –si se quiere-, lamentablemente dirán algunos, pero yo no lo lamento, porque hay cosas que deben quedarse guardadas en el alma y que el silencio simplemente aniquila o conserva de acuerdo al grado de utilidad que tiene para la evolución del alma, o para su definitiva aniquilación. La catarsis que se produce al contar públicamente un hecho doloroso parece ser muy importante, incluso, muchos psicólogos y maestros espirituales lo aconsejan: contar nuestras desventuras o nuestras felicidades a otros.

Yo pienso que si cuento o narro muchos de los eventos de mi vida los estoy desacralizando, los estoy profanando, o tal vez los estoy degradando por el simple hecho de hacerlos públicos. El silencio los mantiene a salvo en esa bóveda infranqueable de la memoria. Los mantiene a salvo de la opinión ajena que en la mayoría de los casos es ignorante, inhumana, perversa o simple y llanamente torpe y desvergonzada. Me gusta escribir para mí mismo y también me gusta publicar, también me encanta exhibir lo que pienso, pero eso tiene un límite que yo mismo me he impuesto: no hablar de mi intimidad o de lo que yo creo que es intimidad, o vida personal.

“Cada loco con su tema” dirán algunos, y sí, cada persona tiene su zona roja de restricción, cada persona sabe qué contar de su vida, a quién contárselo y cómo contárselo. Muchos escritores sobrepasan esas líneas rojas de seguridad y exhiben su intimidad abiertamente pensando tal vez ingenuamente que los demás los comprenderán. Craso error, eso nunca pasa. Los demás nos no entienden, nunca nos entenderán porque cada quien juzga desde su propio punto de vida, desde su propia óptica, desde su propio drama, desde su propia intimidad.

El cine y yo



He declarado varias veces y de diferentes formas que me encanta el cine. La industria cinematográfica debe estar tranquila: por lo menos conmigo tendrán trabajo para rato, por lo que a mí me concierne.

¿Cuándo nació este amor? ¿Este romance? Desde pequeño, cuando mis papás me llevaban a ver las películas de Superman, de Batman, de Disney, de Cantinflas, de Tarzán. Allí nació mi amor por el séptimo arte. Con el paso del tiempo este amor ha crecido, ha aumentado.

Hay películas que me han decepcionado, es cierto, pero también hay películas que me han dejado pensando, que me han emocionado, que me han entristecido, que me han asustado, que me han aburrido, que me han enloquecido. El cine es eso: emoción. Es un arte complejo que mediante la combinación de mecanismos, de útiles, nos brinda la posibilidad de soñar, de fantasear, de ensoñar.

El cine es sueño, es ensoñación. Es permanecer durante hora y media o dos horas pegado a una pantalla que refleja diferentes luces derivadas de un proyector o de un reproductor de video. Sin embargo, el cine no solo es entretenimiento, también es cultura, es rebeldía, es política, es economía, es filosofía, es humanidad. El cine es humano por esencia, y fue creado por el hombre para sorprender, para maravillarnos, para subir a dimensiones ocultas e inesperadas, eso es el cine.

Una amiga recientemente me decía que no le gustaba el cine, que le aburría, que a veces iba pero con cierto desánimo, como si fuera una rutina. “¡Qué mal!” Pensaba yo, yo no podría casarme con esta amiga, qué lástima. Para mí, lo más bonito que pueden compartir una mujer y un hombre no es una cama, es una película. Es compartir un sueño, que es la cosa más bella que sufrimos los hombres: la ensoñación, la imaginación, el ruido de nuestro subconsciente.

De otro lado, y a contrario sensu, tuve una novia –por largo tiempo- a la que le encantaba el cine, como a mí, juntos asistimos a ver más de quinientas películas –por lo menos-; también mirábamos filmes en la televisión. Era nuestra adicción, y yo vivía encantado por esto, que alguien compartiera mi afición, mi gusto, mi debilidad.

Y sí, el cine me ha dejado pensando muchas veces, he salido de las salas de exhibición enmudecido, emocionado, con un volcán imaginativo en ebullición en mi cabeza, el cine me ha mostrado nuevas perspectivas de la vida muchas veces, y también, en otras ocasiones me ha aburrido, o simplemente me ha dejado exactamente igual a como entré a la sala de exhibición.

No me gustan las películas de terror –las detesto-, tengo que confesarlo, me parece que son repetitivas, y me parece que acuden a los mismos elementos narrativos una y otra vez, son muy pocos los filmes de miedo que son realmente interesantes. Las películas animadas han empezado a destacarse últimamente, porque aunque están dirigidas a los niños terminan por darle una lección a los grandes. Las películas animadas tienen moraleja y por eso me fascinan, me encantan las cintas con moraleja tengo que decirlo igualmente. Las películas de ciencia ficción pueden ser o muy buenas o muy malas, no hay punto medio, o te gustan o no te gustan; pueden ser muy interesantes o muy ridículas, por eso depende del filme, del director.

Las películas “para sentirse bien”, como las clasifican los gringos, que son aquellas comedias ligeras con finales felices a veces son buenas cuando uno quiere ver algo simple y sencillo, pero es decepcionante cuando uno desea tener un orgasmo mental –y me perdonarán el término, pero es así-. Las comedias ligeras te dejan exactamente igual a como empezaste a ver la película, no te aportan nada, tal vez un poco de esparcimiento, o risas, o entretenimiento pero nada adicional.

En fin, el cine, qué gran invento, los avances en materia fílmica cada vez son más sorprendentes y este arte hacia futuro promete revelar sorpresas increíbles, fantásticas, insospechadas, grandiosas. El cine, a diferencia de otros artes, depende mucho de la tecnología, de la mecánica, de la electrónica, y en estos campos se han llevando a cabo avances espectaculares, que nos dejarán con la boca abierta cuando asistamos a las salas de cine y veamos esas películas que nos transportan a mundos desconocidos, amorosos, u odiosos, tenebrosos, u amistosos; en fin, el cine seguirá existiendo mientras el hombre siga soñando y hayan aficionados tan fervientes como yo.


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“Star Wars: Episodio VII” o el fin de la libertad





Me prometí a mí mismo que no escribiría ninguna reseña sobre esta película, y que tampoco la vería. Lo segundo lo incumplí ampliamente y lo primero lo estoy incumpliendo porque se me da la gana, así de simple.

Cuando ya ha pasado la fiebre del estreno del filme, cuando las aguas –por lo menos en Colombia, no sé si en China- están volviendo a su cauce normal, hablando cinematográficamente, he decidido muy humildemente dar mi opinión sobre esta cinta; y publico esta reseña en el blog de FBG Cine y Literatura y no en la página FBG Cine porque también se me da la gana. En este 2016 amanecí muy caprichoso.

He leído decenas de reseñas sobre “Star Wars: Episodio VII”, he visto decenas de videos de Youtube donde hablan sobre esta película; y después de esto no me queda otra opción que meter la cucharada.

“El despertar de la fuerza” es globalmente una producción muy decente, muy bien hecha; visualmente impecable. Sin embargo, tiene varios puntos no tan buenos, otros regulares y otros tremendamente espantosos.

Sí, la principal crítica que se le ha hecho a la película es el de ser un remake de “Episodio IV: Una nueva esperanza”, la cinta original de 1977. Los que piensan esto tienen toda la razón. El argumento general es muy parecido, hay personajes casi que calcados entre una y otra película, y sobre todo, el ambiente creado por J.J Abrams solo tiene un objetivo: llevarnos al pasado, a la nostalgia por las películas originales.

George Lucas el creador original de Star Wars vendió la franquicia del filme por cuatro mil millones de dólares y pucho, y fuera de eso les encimó a los de Disney la empresa Lucas Films. El señor Lucas perdió el control sobre su propia historia, sobre la película que lo hizo famoso en todo el mundo. Algunos afirman que fue una buena decisión porque él se estaba quedando sin maniobrabilidad creativa, y otros opinan que fue un error craso (yo soy de los que opinan lo segundo).

El señor Abrams –el director de “El despertar de la Fuerza”- tenía un reto muy difícil de superar, es cierto, satisfacer a los millones de fans de Star Wars, y eso sería una misión muy complicada, ¿qué hizo el señor Abrams? La fácil, se fue por el camino más corto, menos arriesgado, y era hacer una nueva película pero acudiendo a los ingredientes de las películas más exitosas de esta franquicia: las de la primera trilogía, o sea los episodios 4, 5 y 6.



La película, y vuelvo y lo repito, no es mala, no es regular, es buena, pero deja un tufillo muy maluco en los fans de esta cinta. Muchos críticos ya lo han dicho y estoy de acuerdo, el asunto es que J.J Abrams hizo esto de manera deliberada, ni siquiera de forma velada. Fue un asunto de facilismo creativo.

El diseño de los personajes malos en “Star Wars: Episodio VII” fue muy deficiente, casi que decepcionante. En primer lugar, siempre se presentó esta saga de filmes como una lucha entre los Jedi y los Sith, pero resulta que en esta película no hay Jedis, ni Siths. Kylo Ren – el malvado de la máscara metálica- no es un Sith, es un Caballero de Ren, sin embargo, ¿quiénes carajos son los Ren? ¿De dónde salieron? ¿Qué pitos tocan? ¡No! No sabemos nada de los Ren. El emperador – o aquí llamado Líder Supremo Snoke- es un muñeco hecho por computador, el cual no transmite terror, ni susto, ni nada. Fuera de eso, ¿quién es Snoke? ¿De dónde salió? ¿Es un Sith? ¿Quién es? La película no dice nada.

En su afán por imitar al Episodio IV, J.J Abrams puso a Kylo Ren con una máscara, ¿por qué? ¿Para qué necesita la máscara? ¡Si se la saca y se la pone toda la película! Cuando Darth Vader utilizaba su máscara era porque la necesitaba, el señor no podía respirar sin la máscara; en cambio Kylo Ren la utiliza no sabemos para qué; probablemente para que Disney pueda vender juguetes.

Hay personajes totalmente insubstanciales como el general Hux, la capitana Phasma, e incluso, el mismísimo Poe Dameron que supuestamente vendría a representar a los hábiles y avispados pilotos de la resistencia, sin embargo, nada. La aparición del actor Max Von Sydow al principio del filme es casi que deprimente. Nada que ver con la aparición del legendario Alec Guinness en la primera trilogía, cuando interpretó a Obi Wan Kenobi.

Otros personajes sí tienen una relevancia significativa, por ejemplo, la de Rey, interpretada por la bellísima actriz británica Daisy Ridley. Creo que muchos salimos enamorados de esta niña después de ver la película; y al parecer ella será la protagonista de la nueva trilogía, ¿se convertirá en Jedi? ¿Qué pasará? ¿De quién es hija esta chicuela tan hermosa?

La decisión de que Rey sea la nueva protagonista de esta trilogía es un punto a favor de la película, lo mismo que la creación del androide BB-8, el cual se robó el show totalmente, como ya han mencionado muchos. Colocar a una mujer como la nueva Jedi está muy bien, fuera de eso, el casting fue perfecto, Daisy Ridley es una niña simpática, atlética y no es una modelito voluptuosa o algo por el estilo; muy bien por eso.

Uno de los puntos más débiles –y volvemos a lo malo- de “El despertar de la Fuerza” es que, como ya dije, no hay Jedis, ni Siths. Hay personajes que conocen la Fuerza como Maz Kanata (un remedo de Yoda), y al final, Rey parece que fuera poseída por esta, por la Fuerza, sin tener ningún entrenamiento de Jedi (por lo menos que nosotros sepamos).




“Star Wars: Episodio VII” representa metafóricamente la pérdida de la libertad; los nuevos malos (la Primera Orden) son un nuevo imperio galáctico dictatorial; todos los esfuerzos de los antiguos rebeldes y de los Jedis por restaurar la libertad fueron esfuerzos vanos. Es muy triste que esta carencia de creatividad por parte de Abrams nos lleve a pensar que ese probablemente sea el destino de la humanidad; que metafóricamente los hombres siempre nos encontremos ante un destino inevitable: el de nuestra propia esclavitud; y que los Jedis (los que luchan por la libertad, la justicia y la democracia) estén desaparecidos.

Cuando salí del cine me pregunté: ¿Qué hubiera hecho George Lucas? Creo que muchos quedaron con esta misma incertidumbre. Una película visualmente impecable, buenas propuestas (como las de incorporar a Rey y a BB-8), acudir a los viejos personajes (Han Solo, Leia, Chewbacca y Luke Skywalker); pero, al final, nos quedan muchas preguntas, muchos sinsabores.

El personaje de Finn, el que interpreta John Boyega, es una incógnita absoluta. ¿Será que habrá amor con Rey? ¿Será un nuevo Han Solo? ¿Qué lugar ocupa este personaje en la nueva trilogía? Hasta ahora no me cuadra por ningún lado. Creo que fue una incorporación extraña; y ojalá que no tenga nada que ver el color de su piel para haberlo puesto allí. En las dos trilogías anteriores George Lucas fue criticado por esto; en Star Wars no había afro-descendientes. Es por esto que en el Episodio V aparece Lando Calrissian, y en la trilogía anterior está el jedi Mace Windu, interpretado por Samuel L. Jackson.

En fin, en 2017 se estrenará Episodio VIII, que ojalá despeje muchas incógnitas; y que ojalá los Jedis no queden tan mal como han quedado en “El despertar de la fuerza”. También quiero que aparezcan los Sith para que les den duro, por ser tan malos. También me gustaría que los Jedis representen metafóricamente esa esperanza de la lucha por la libertad que está totalmente ausente en Episodio VII.

Que la Fuerza acompañe a Disney para que por lo menos le hagan algunas consulticas a George Lucas, y que Star Wars no se pierda como otra película más de transacción de franquicias creativas, o como otra película de secuelas del montón. El problema no es la taquilla sino el tufillo que deja en los fans, en los seguidores, en los que amamos esa ópera galáctica.

Mi calificación para esta película es de 4.1 sobre 5.0.


El mejor cine en Colombia



Amo el cine, adoro el cine, eso se lo debo a mis padres, quienes eran aficionados, aficionadísimos al séptimo arte. Mi papá me llevaba a ver las películas de Cantinflas, de Tarzán, de Superman, de Batman. Mi mamá, lo mismo, una cinéfila completa. A ellos dos (q.e.p.d) les debo esa afición mía por la pantalla grande, por el cine, por las películas.

El cine es fantasía, es distracción, es felicidad; es un arte complejo porque reúne otros artes: la literatura, la música, la actuación, la fotografía, etc. El cine es uno de los mejores inventos que ha hecho el hombre. En lo particular admiro a los cineastas, los envidio porque de cierta forma trabajan en ese mundo tan llamativo, tan mágico, tan atrayente.

Yo no soy cineasta de profesión, ni he estudiado cine, ni siquiera he cursado un miserable cursillo de cinematografía, soy todo un aficionado, de hecho soy abogado de profesión y profesor de derecho –aunque también he escrito ocho novelas y publicado varios cuentos-. Sin embargo, sí soy un fan absoluto de la cinematografía; esa afición me llevó a crear un blog de cine y de literatura por allá en el 2006, en el ese blog ya he publicado más de doscientos artículos. Después creé otro blog, el de películas clásicas, que también va como por los cincuenta artículos, y hace algunos años abrí mi página FBG Cine, dedicada únicamente al cine y a promocionar los nuevos estrenos que se pueden ver en Colombia.

¿Por qué he denominado este artículo “El mejor cine en Colombia”? Porque quiero rendirle homenaje a las personas que trabajan en la industria cinematográfica en Colombia; a las distribuidoras, a los exhibidores, a los periodistas culturales y de entretenimiento, y en general, a todas las personas que hacen posible que nosotros los mortales comunes y corrientes disfrutemos de un rato agradable, disfrutando de una buena, regular o mala película –porque hay de todo-. También quiero rendirle homenaje a los héroes que hacen cine en Colombia: a los productores, a los patrocinadores, a los actores, a los directores, a los técnicos, a los guionistas, y en general, a los que se embarcan en la aventura de hacer cine, porque no es fácil, nada fácil.

También quiero anunciar a través de este escrito que seguiré admirando el cine, que seguiré escribiendo sobre cine, que seguiré criticando las películas, que de una u otra forma seguiré involucrado en este maravilloso mundo y no solamente como espectador; mis obras hablarán de ello.

El cine ha tenido una evolución muy interesante desde el siglo y medio en el que se inventó; ahora podemos observar en high definition las películas, los efectos especiales elaborados por computador lo dejan a uno con la boca abierta, el negocio del cine es cada vez más grande y más poderoso. Es un negocio que se basa en la fantasía, en el escapismo, en la entretención, y uno quisiera que se enfocara más en la educación, en la culturización, en la transmisión de valores, pero en fin, es un negocio, y este también se rige por las leyes de la oferta y la demanda. Sin embargo, el cine tiene un papel muy importante, o tendrá un papel muy importante en el nacimiento de esa Nueva Humanidad que se avecina, donde los comportamientos se regirán por nuevos intereses y por nuevas prioridades; el cine no será invitado de segunda mano en esta nueva era del hombre.

Yo, como Gabriel García Márquez –y no me comparo con él de ninguna forma, él fue todo un maestro de las letras, yo ni siquiera llego a aprendiz- amaba el cine, y amaba la literatura, porque ambas están en el mismo negocio: en el de la fantasía, en el de vender fantasía. Somos, con Gabo (q.e.p.d) fantaseadores natos; por eso, a él también le encantaba el séptimo arte; por eso impulsó la creación de la escuela de cine en Cuba, donde fue conferencista varios años, e incluso, él también trató, o mejor dicho, lo hizo, se embarcó en la aventura peligrosa y azarosa de redactar guiones. Yo, humildemente seguiré comentando las películas, me seduce el tema de los guiones, pero creo que es un tema para especialistas, lo mío es el ensayo, la crítica, y lo seguiré haciendo en Colombia, de una u otra forma. Seguiré –como Gabo, mi maestro- fantaseando, a través de la literatura, de los cuentos, de las novelas, o de otros géneros artísticos. Sin embargo, seguiré hasta cuando se pueda disfrutando del cine, hablando de él, acudiendo a las salas de cine, y promoviendo el negocio en Colombia, y en el mundo. Por ahora, los invito desde Colombia a deleitarse con el mejor cine. Un abrazo caluroso a los cinéfilos del mundo entero.

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¿Con qué escribir?



Algunos escritores escriben con máquina, otros con computador, otros con estilógrafo, otros a lápiz y otros con pluma. Me parece increíble que a pesar de que ya existe una herramienta como el computador – u ordenador como dirían los españoles-, todavía hay gente que prefiere escribir a mano o en máquina.

Carlos Fuentes, el magnífico escritor mexicano ya fallecido, no solo se caracterizaba por su disciplina y rigor al momento de ejercer el oficio, sino que lo singularizaba el hecho de hacerlo con estilográfico. Luego, el autor de La región más transparente, pasaba sus notas en limpio en la máquina de escribir.

Gabriel García Márquez (q.e.p.d) utilizó también la máquina hasta El amor en los tiempos del cólera, que fue la primera novela que Gabo compuso en su ordenador. El premio Nobel de literatura también se dejó tentar por el aluvión de la tecnología, y sus últimas novelas fueran escritas utilizando el computador.

Antes de que se inventara la máquina o el ordenador, los escritores ejercían su oficio con la pluma, después con la estilográfica. Hoy en día, sin embargo, todavía se recomienda utilizar estos instrumentos para escribir, ya que la caligrafía también es un arte, como muy bien saben los orientales, que utilizan el pincel para imprimir sus alfabetos.

En lo personal, me gusta escribir en el computador, incluso, me parece una tortura hacerlo en una máquina ya que en el pasado tuve que hacerlo y fue fatal. El computador ofrece una serie de posibilidades que no las da la máquina. Si tú la embarras en una máquina, la embarraste en grande; tienes que volver a comenzar; con el computador no sucede esto.

También he escrito con estilográfico, y me parece mucho mejor, aunque al final le queda a uno doliendo la mano; no sé cómo hacían los escritores de antes para eludir esta consecuencia. Escribir a mano también permite cultivar el arte de la letra, de la caligrafía, escribir de manera armoniosa y ordenada; eso se ha perdido con la utilización del ordenador.

Otros escritores, que también escribían a mano, como Ernest Hemingway, lo hacían de pie; yo prefiero estar sentado. En fin, cada quien tiene sus mañas. Lo importante es gozar al momento de crear, de escribir, ya sea con computador, con máquina, con estilográfica, con pluma o con lápiz.

El ordenador facilita la escritura, permite corregir, y tener en cuenta la ortografía; sin embargo, se pierde con este –con el ordenador- el encanto de tener “bonita letra”. Pero, por razones prácticas, creo que el computador es el mejor instrumento para escribir actualmente.

Otro mecanismo o artilugio ha surgido recientemente para escribir: se trata de la tablet o tableta. No sé si algún escritor ya ha compuesto alguna novela utilizando esta herramienta, no lo sé, sin embargo, muy pronto sabremos si algún “nativo digital” se despachó la elaboración de un libro con un Ipad o con una tableta, y ni qué decir de los dispositivos móviles. ¿Será que alguien ya escribió un libro en una tablet o en móvil? Quién sabe, por ahora yo no tengo datos de esto.

La tecnología ya no solo permite leer libros en dispositivos móviles o en tabletas, sino que también permite escribirlos. Por ahora, yo estoy en el computador. Otros seguirán con la estilográfica, y otros, con la máquina. ¿Qué otro artilugio se inventarán en el futuro? Las posibilidades son ilimitadas.

La escritura no ha sucumbido a las comunicaciones audiovisuales como muchos pensaban; la gente le gusta leer letras, aunque también les encanta ver películas y escuchar audios. Sin embargo, la escritura sigue vigente, y seguirá vigente, porque es una herramienta mágica. Convertir signos en imágenes y en ideas es sorprendente, alucinante, fantástico; y mientras siga la magia seguirán pululando por ahí esos magos que escriben.

La tecnología audiovisual no se ha impuesto del todo sobre la escritura; incluso, mucha gente prefiere leer libros a ver las adaptaciones cinematográficas de esos mismos libros, o les parece mejor la versión literaria porque es más profunda o más impactante.


Otra discusión interesante es sobre dónde escribir, a qué horas, cuándo, solo o acompañado, o si se puede escribir comiendo o consumiendo licor. Son otras posibilidades y otros tópicos que darían para otro escrito.