“La caída de los gigantes” de Ken Follet


Estupendo libro. Tengo que empezar diciendo esto; como todo lo que hace –en el mundo literario- el auto británico, célebre por ser el escritor de “Los pilares de la tierra” y de “Un mundo sin fin”, obras que ya reseñé en este blog.

La caída de los gigantes” se ubica en las tres primeras décadas del siglo XX, en lugares tan disímiles como Gran Bretaña (Gales), Francia, Alemania, Estados Unidos y Rusia. A través de la vida –ficticia- de familias como la Fitzherbert, la Williams, la Von Ulrich, la Peshkov, la Dewar, entre otras; Ken Follet nos describe las causas, el desarrollo y las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la primera de las grandes guerras europeas y globales del anterior siglo.

Follet es un extraordinario escritor, ya me había deleitado con “Los pilares de la tierra” y con “Un mundo sin fin”, y creo que aquí ratifica el porqué de su enorme popularidad a nivel internacional. Y es que Follet ya es un autor que ha superado la cifra de los cien millones de libros vendidos en todo el globo terráqueo, y creo que seguirá batiendo records de ventas porque sus libros son “adictivos”.

Efectivamente, a través de la descripción de la vida de varias familias europeas y norteamericanas, Follet nos da su visión sobre lo que causó la Primera Guerra Mundial, sobre cómo se desarrolló esta confrontación bélica y sobre el germen que produjo: el inicio de la Segunda Guerra.

La bestialidad de la monarquía rusa, la incompetencia de las casas reales europeas (haciendo excepción de la británica, lógicamente), el anacronismo del sistema político europeo que imperó hasta principios del siglo XX, las ambiciones expansionistas, y la caducidad de un modelo económico medio feudal y medio capitalista de explotación, fueron algunas de las razones por las cuales estalló esa absurda guerra que durante muchos años se denominó como “La Gran Guerra”, hasta que llegó Hitler y su combo y mató a seis millones de judíos y a más de sesenta millones de personas en la segunda gran guerra. La posterior pelea hizo palidecer a la primera por su crueldad y por su estupidez.

Todas las guerras son estúpidas, no hay guerra justa, no hay guerra inteligente, no hay guerra humanitaria. Follet habla de sus ideas a través de sus personajes, a través de las vidas ficticias de nobles, mineros, mujeres activistas por los derechos humanos, trabajadores rusos, bolcheviques y hasta mafiosos y políticos norteamericanos.

Un libro de más de mil páginas que se lee de corrido, no hay lugar para el bostezo ni para la pereza, Follet es un genio de las letras, y con esta primera entrega de su trilogía “The Century” creo que pone un punto muy alto para el género de la novela histórica. Los otros dos libros de esta trilogía, y que no he leído, son “El invierno del mundo” y “El umbral de la eternidad”, el primero sobre la Segunda Guerra y el tercero sobre la Guerra fría.

Follet mezcla realidad y ficción, incluso coloca a personajes ficticios a hablar con personajes reales como Winston Churchill, Lenin, el rey Jorge V, Lloyd George, Woodrow Wilson, entre otros. Los personajes ficticios, según afirma el mismo Follet, son colocados con cuidado en situaciones que probablemente sí ocurrieron o que por lo menos hubieran ocurrido de esa forma, de tal forma que la historia no se disloca o se corrompe.

La novela es ficción histórica, obviamente, Follet es muy cuidadoso al describir qué personajes hacen parte de la fantasía y cuáles vivieron en la realidad. De tal forma que quien lee el libro puede tener una idea clara del contexto histórico de esa época sin llevarse una imagen distorsionada sobre lo que ocurrió en Europa y en Estados Unidos en esas tres primeras décadas del siglo XX.

La Primera Guerra Mundial derrumbó a la mayoría de las casas reales de Europa, generó un nuevo movimiento económico y político a través de la modernización y actualización de la democracia occidental que estaba a punto de colapsar por culpa de un sistema de explotación injusto y por culpa de la discriminación contra las mujeres. La democracia europea tuvo que avanzar hacia darle el voto a las mujeres, hacia la consagración de los denominados derechos de segunda generación o derechos económicos y sociales, en los que ya que no solo hay democracia donde la gente pueda decidir entre un candidato X y uno Y, sino que también hay democracia cuando hay empleo, cuando hay salud, cuando hay educación, cuando hay vivienda, cuando hay cultura y recreación.

La caída de los gigantes” es un libro contra la guerra, contra la antidemocracia, contra el modelo de dominación, contra la avaricia, contra el anti-humanitarismo, contra todo lo que causa dolor y sufrimiento al ser humano. Un siglo después de la Primera Guerra, el mundo sigue debatiéndose entre la democracia y el fascismo, entre proteger los derechos de las minorías o no, entre modernizar el sistema político y económico o no, entre implantar un nuevo modelo de convivencia humano o no. Este libro, de Follet, entonces, nos sirve y nos invita a reflexionar sobre nuestra realidad, sobre lo que hay para hacer, y sobre el porvenir.     

“La melancolía de los feos” de Mario Mendoza



El escritor colombiano nos vuelve a sorprender y a maravillar con esta hermosa historia sobre la belleza y la fealdad, la juventud y la madurez, el dolor y el placer, la locura y la lucidez.

En esta novela de doscientas cuarenta y un páginas Mendoza nos transporta a un relato que sucede en Bogotá, en el cual un niño deforme, jorobado y monstruoso se hace amigo de un joven adoptado que no conoce a sus padres biológicos. La amistad entre los dos niños trasciende el tiempo hasta sus años de hombres adultos.

El sistema que escoge el escritor para narrar la historia es el epistolar, a través de sucesivas cartas que recibe el niño adoptado –León Soler- en sus épocas de médico psiquiatra de hospital público, por parte de su antiguo compañero de infancia.

Una reflexión sobre los destinos de los seres humanos, sobre la desgracia, sobre el viaje interior –simbolizado por la travesía oceánica-, sobre el éxito y la derrota, y sobre todo: sobre el amor que debe invadir nuestras vidas para hacerlas excitantes y satisfactorias.

Mendoza es uno de los escritores colombianos que más libros vende hoy por hoy, solo superado por el fallecido premio Nobel Gabriel García Márquez. Es por esto que muchos ya han empezado a atribuirle el moquete de autor de marketing y de entretenimiento, lo cual es totalmente injusto e irreal. Mendoza escribe para el público común y corriente, es cierto, cualquier persona que sepa leer y escribir lo puede entender, y ese es el gran acierto de este artista. Obviamente, que si solo vendiera uno o dos libros ya no le dirían escritor de marketing sino “autor de culto”, el problema para sus críticos es que venda libros, ¡increíble!

Las novelas de Mendoza son urbanas, son universales, son sentimentales y sobre todo, están escritas con pasión, con sentimiento, con emocionalidad, eso se nota. Mendoza casi que utiliza las historias ficticias para desarrollar varios monólogos, para hacer reflexiones personales utilizando como excusa la historia que se está desarrollando, porque él es todos sus personajes, todos ellos hablan por Mendoza, o el escritor se comunica a través de ellos en un desdoblamiento de la personalidad que le permite zambullirse en el alma de un desconocido, pero que es él mismo; el mismo escritor con diferentes rostros. Muy egocéntrico por cierto.

El virtuosismo de Mendoza está dado por su tendencia a hablar de frente, sin ambages, sin eufemismos, sin falsas diplomacias. Habla sin tapujos porque para el escritor “escribir es resistir”, es una forma de protestar, de sacar la cabeza por entre la multitud y decir: ¡No estoy de acuerdo!

Para Mendoza el arte no solo es entretenimiento sino también es ideología, es acción, es vida, es compromiso. Elogiado y amado por la juventud, Mendoza se ha ubicado en los últimos años como el escritor de referencia para identificar a la nueva generación de escritores colombianos tan notables como él, y entre los que se destacan Ricardo Silva Romero, Antonio García, Enrique Serrano, Juan Esteban Constaín, Carolina Andújar, Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Piedad Bonnet, Santiago Gamboa, Efraím Medina, Tomás González, Antonio Ungar, Pablo Montoya, Carolina Sanín, entre muchos otros autores de la nueva generación post- boom latinoamericano.

La melancolía de los feos” es, igualmente, una reflexión sobre la belleza y la fealdad, pero no desde el punto de vista estético sino desde la perspectiva del destino, del papel del hombre dentro de esta obra de teatro denominada vida. ¿Le toca más fácil a los bellos que a los feos? Probablemente sí, pero a los feos, por su misma falta de belleza les toca avisparse para afrontar los retos de la existencia; esa exigencia los hace parecer más alerta, más conscientes, más inteligentes, más perspicaces, más fuertes. La debilidad no está en la fuerza física sino en la mental, y la vida le ofrece esa posibilidad a los feos de volverse más fuertes en los terrenos de la conciencia, de la mente, del espíritu. Ser tan feo no es tan malo después de todo, concluiría Mendoza.

Una novela muy recomendada, se lee con pasión, con entusiasmo, es una magnífica oportunidad para dialogar con este pensador, con este ser humano tan carismático, y tan magnífico como lo es Mario Mendoza. Una reflexión sobre el viaje interior de cada uno, sobre el “golpe de Estado” a nuestro propio statu quo interno. Gracias Mario por este libro tan bello.

Intimidad


Contarle a la gente nuestras alegrías y nuestras tristezas, hacerlas públicas; describir nuestra infelicidad causada por algún evento que mi mamá llamaba “malos momentos”. Hay gente que hace eso, que les revela a los demás sus nostalgias, sus debilidades, su precariedad emocional, como si esto fuera una catarsis, como un diario, ¿y por qué no lo dejan para ellos mismos en vez de estarlo divulgando a los cuatro vientos? No lo sé.

Como escritor –aunque la etiqueta me quede grande- utilizo, a veces, esos hechos dolorosos para trasladarlos al papel, ya sea para producir textos de ficción o no. Como el método de Stanislavski que utilizan los actores para producir escenas tristes, dolorosas o risueñas: acuden mentalmente a momentos de su propia vida para establecer conexiones emocionales que les permiten llorar, o reír, o sentirse devastados o simplemente risueños. Eso mismo pasa con los escritores, acuden muchas veces a eventos de su propia vida para escribir sobre acontecimientos reales o ficticios y así obtener textos cargados de sentimientos.

En lo personal nunca lo he hecho salvo algunas contadas excepciones. Sin embargo, sí es cierto que he escrito embargado de ira, o de rabia, o de emoción, o de nostalgia o de felicidad, y eso me ha llevado a producir un texto. Pero, todo tiene una frontera, una línea roja: hablar de hechos íntimos.

No está prohibido hacerlo, por lo menos legalmente, escribir o narrar hechos personales que exhiben acontecimientos que solo le conciernen a quien los está contando. Sin embargo, “como el morbo vende” muchos escritores -y no escritores- deciden confesar acontecimientos que podrían provocar vergüenza en labios de un individuo normal.  

Respeto a esos escritores o no escritores –profesionales o no-, aunque yo he decidido no hacerlo para no aumentar el dolor, la congoja, la desdicha que el hecho en sí mismo ya me está produciendo en el cuerpo o en el alma. Nunca he escrito públicamente sobre mis problemas y desgracias más dramáticas. Muchos de esos acontecimientos solo quedarán grabados y engavetados en mi memoria. ¿Para qué recordar ese dolor por la pérdida de ese ser querido? ¿Para qué recordar esa traición? ¿Para qué recordar esa derrota? No, prefiero pasar la página y continuar. Aunque no voy a negar que esos hechos o eventos trágicos –o de pronto felices- han sido el combustible de buena parte de mis textos, de mis ensayos, de mis artículos, de mis cuentos, de mis novelas.

La tentación del escritor es esa, o más bien esa es una de las muchas tentaciones que tienen los escritores: contar sus intimidades. Para los que aman la escritura, la narración de hechos personales es una delicia porque las palabras fluyen desde el interior del alma; el escritor se deja llevar por su estado de ánimo y empieza a producir un texto cargado del espíritu que posee al narrador en ese momento, en el de la creación.

Pero no; yo no he sucumbido a ese vicio –si se quiere-, lamentablemente dirán algunos, pero yo no lo lamento, porque hay cosas que deben quedarse guardadas en el alma y que el silencio simplemente aniquila o conserva de acuerdo al grado de utilidad que tiene para la evolución del alma, o para su definitiva aniquilación. La catarsis que se produce al contar públicamente un hecho doloroso parece ser muy importante, incluso, muchos psicólogos y maestros espirituales lo aconsejan: contar nuestras desventuras o nuestras felicidades a otros.

Yo pienso que si cuento o narro muchos de los eventos de mi vida los estoy desacralizando, los estoy profanando, o tal vez los estoy degradando por el simple hecho de hacerlos públicos. El silencio los mantiene a salvo en esa bóveda infranqueable de la memoria. Los mantiene a salvo de la opinión ajena que en la mayoría de los casos es ignorante, inhumana, perversa o simple y llanamente torpe y desvergonzada. Me gusta escribir para mí mismo y también me gusta publicar, también me encanta exhibir lo que pienso, pero eso tiene un límite que yo mismo me he impuesto: no hablar de mi intimidad o de lo que yo creo que es intimidad, o vida personal.

“Cada loco con su tema” dirán algunos, y sí, cada persona tiene su zona roja de restricción, cada persona sabe qué contar de su vida, a quién contárselo y cómo contárselo. Muchos escritores sobrepasan esas líneas rojas de seguridad y exhiben su intimidad abiertamente pensando tal vez ingenuamente que los demás los comprenderán. Craso error, eso nunca pasa. Los demás nos no entienden, nunca nos entenderán porque cada quien juzga desde su propio punto de vida, desde su propia óptica, desde su propio drama, desde su propia intimidad.